Cuando alguien inicia cualquier tipo actividad lo más lógico es que se imagine acabándola y disfrutando de la satisfacción de haber logrado su objetivo. Sin embargo existen muchas personas, de entre las cuales me autoproclamó líder absoluto, que no logramos finalizar ninguna labor. No lo hacemos a propósito, simplemente sucede así.
Podría citar múltiples episodios sin concluir a lo largo de mi vida, pero creo que con solo mencionar algunos se entenderá perfectamente a lo que me refiero. Empezaré por orden cronológico. Recuerdo con mucho agrado, cuando tenía siete años, los cursos y talleres de verano que realizaba la empresa para la cual mi madre trabajaba.
Tenía la facilidad de escoger entre una gran variedad de disciplinas. Como artes plásticas, bailes, deportes y manualidades. Aunque no logro evocar el motivo me decidí por practicar Karate. Durante el primer entrenamiento esperaba realizar una pelea, pero el maestro solo se dedico a explicar detalladamente los fundamentos teóricos.
Este arte marcial consiste en el uso de la fuerza, la respiración, el equilibrio, la postura y especialmente en la coordinación de todas las anteriores. Claro está, que mis compañeros y yo no le prestamos la más mínima atención. Nosotros solo queríamos lanzar puñetes y patadas, tal como habíamos visto en las películas y series de televisión.
En las siguientes sesiones practicamos la técnica de la Kata, que se basa en ejecutar golpes al aire contra adversarios imaginarios. Hasta que llegó el día esperado, el primer enfrentamiento. A temprana edad solo basta con conocer a alguien tan solo cinco minutos para considerarlo tu amigo, y así lo hice con un compañero de aquella clase.
Para esta primera lucha, por coincidencias de la vida, el oponente fue mi nuevo amigo. Estábamos frente a frente y empezamos. La pelea no duro mucho porque sucedió algo inesperado. Luego de lanzarnos algunos golpes inofensivos, aquel niño me pateo abajo, ahí, donde solo los hombres descubren el verdadero significado del dolor.
Inmediatamente lo empuje, y al verlo en el suelo, sin pensarlo mucho le lancé una patada con las pocas fuerzas que me quedaban. Eso fue suficiente para que el instructor diera por finalizado el encuentro. Días más tarde me entere que ese agresivo infante tenía el brazo enyesado. Me asuste mucho, nunca retorne a aquellas lecciones de Karate.
Años después, cuando tenía 10 para ser exactos, intente con el fútbol. Eran las vacaciones de medio año de 1994 y mi amigo Renzo era arquero de su categoría en las divisiones de menores de club Alianza Lima. Muchas veces intento convencerme para que lo acompañe. Pero yo, y esto que quede claro, jamás fui fanático de los deportes.
Nuestros padres eran muy cercanos. Organizaban parrilladas muy divertidas, de las cuales nos escapábamos para ir a los videojuegos. En una de estas reuniones mi madre quedo convencida de que era una mala idea que no haga nada de provecho durante el receso escolar. Por lo cual, a la siguiente semana ya estaba inscrito en el club.
En un inicio no quería ir, desde pequeño fui simpatizante del equipo rival, el club Universitario de Deportes, y sentí que estaba cometiendo una traición. Pero no había marcha atrás, ya estaba registrado. Así fue como empecé a entrenar en una cancha maltratada de La Victoria, que en realidad más parecía un estacionamiento abandonado.
No fue una mala experiencia, un mes paso bastante rápido. Además los jugadores profesionales entrenaban cruzando la calle y la verdad me resulto entretenido poder ver de cerca a los futbolistas que solo veía por televisión. Sin embargo decidí que no quería continuar con esa actividad, porque hacer deporte cansa y yo soy demasiado flojo.
Al llegar a los 18 años, mis aficiones eran totalmente distintas a las de mi niñez. En realidad solo tenía una, me había convertido en un apasionado de la música. Me encantaba el rock, y será así hasta el día de mi muerte. Soñaba con estar en un escenario tocando frente a miles de personas frenéticas. No quería ser famoso, solo quería ser rockero.
Siempre he sido bueno ahorrando, no me gusta malgastar el dinero. Ese año, con mucho esfuerzo, para mi cumpleaños me hice un regalo a mi mismo, una guitarra electroacústica. El instrumento más preciado para todo aspirante a músico. Debido al apoyo de algunos amigos músicos pude aprender un par de acordes, pero eso no fue suficiente.
La teoría musical era muy aburrida para mí. Finalmente deje de intentarlo. Quizás no poseía ese talento especial o solo era falta de ambición por conseguir lo deseado. Además olvide mencionar algo muy importante, creo sufrir de pánico escénico. Pero aun no lo he comprobado porque no he estado frente a grandes multitudes.
Esto fue difícil de explicar para mí, pues vivo obsesionado con que todo quede perfecto. Tal vez ese sea el punto de partida de mi problema, tal vez a mitad del camino me doy cuenta, de forma inconsciente, que no voy a lograr aquella perfección anhelada, lo cual me motiva a abandonar distintos proyectos. Nunca termino lo que empie…
* Suena: Yesterday, Today, Tomorrow - Black Label Society
Podría citar múltiples episodios sin concluir a lo largo de mi vida, pero creo que con solo mencionar algunos se entenderá perfectamente a lo que me refiero. Empezaré por orden cronológico. Recuerdo con mucho agrado, cuando tenía siete años, los cursos y talleres de verano que realizaba la empresa para la cual mi madre trabajaba.
Tenía la facilidad de escoger entre una gran variedad de disciplinas. Como artes plásticas, bailes, deportes y manualidades. Aunque no logro evocar el motivo me decidí por practicar Karate. Durante el primer entrenamiento esperaba realizar una pelea, pero el maestro solo se dedico a explicar detalladamente los fundamentos teóricos.
Este arte marcial consiste en el uso de la fuerza, la respiración, el equilibrio, la postura y especialmente en la coordinación de todas las anteriores. Claro está, que mis compañeros y yo no le prestamos la más mínima atención. Nosotros solo queríamos lanzar puñetes y patadas, tal como habíamos visto en las películas y series de televisión.
En las siguientes sesiones practicamos la técnica de la Kata, que se basa en ejecutar golpes al aire contra adversarios imaginarios. Hasta que llegó el día esperado, el primer enfrentamiento. A temprana edad solo basta con conocer a alguien tan solo cinco minutos para considerarlo tu amigo, y así lo hice con un compañero de aquella clase.
Para esta primera lucha, por coincidencias de la vida, el oponente fue mi nuevo amigo. Estábamos frente a frente y empezamos. La pelea no duro mucho porque sucedió algo inesperado. Luego de lanzarnos algunos golpes inofensivos, aquel niño me pateo abajo, ahí, donde solo los hombres descubren el verdadero significado del dolor.
Inmediatamente lo empuje, y al verlo en el suelo, sin pensarlo mucho le lancé una patada con las pocas fuerzas que me quedaban. Eso fue suficiente para que el instructor diera por finalizado el encuentro. Días más tarde me entere que ese agresivo infante tenía el brazo enyesado. Me asuste mucho, nunca retorne a aquellas lecciones de Karate.
Años después, cuando tenía 10 para ser exactos, intente con el fútbol. Eran las vacaciones de medio año de 1994 y mi amigo Renzo era arquero de su categoría en las divisiones de menores de club Alianza Lima. Muchas veces intento convencerme para que lo acompañe. Pero yo, y esto que quede claro, jamás fui fanático de los deportes.
Nuestros padres eran muy cercanos. Organizaban parrilladas muy divertidas, de las cuales nos escapábamos para ir a los videojuegos. En una de estas reuniones mi madre quedo convencida de que era una mala idea que no haga nada de provecho durante el receso escolar. Por lo cual, a la siguiente semana ya estaba inscrito en el club.
En un inicio no quería ir, desde pequeño fui simpatizante del equipo rival, el club Universitario de Deportes, y sentí que estaba cometiendo una traición. Pero no había marcha atrás, ya estaba registrado. Así fue como empecé a entrenar en una cancha maltratada de La Victoria, que en realidad más parecía un estacionamiento abandonado.
No fue una mala experiencia, un mes paso bastante rápido. Además los jugadores profesionales entrenaban cruzando la calle y la verdad me resulto entretenido poder ver de cerca a los futbolistas que solo veía por televisión. Sin embargo decidí que no quería continuar con esa actividad, porque hacer deporte cansa y yo soy demasiado flojo.
Al llegar a los 18 años, mis aficiones eran totalmente distintas a las de mi niñez. En realidad solo tenía una, me había convertido en un apasionado de la música. Me encantaba el rock, y será así hasta el día de mi muerte. Soñaba con estar en un escenario tocando frente a miles de personas frenéticas. No quería ser famoso, solo quería ser rockero.
Siempre he sido bueno ahorrando, no me gusta malgastar el dinero. Ese año, con mucho esfuerzo, para mi cumpleaños me hice un regalo a mi mismo, una guitarra electroacústica. El instrumento más preciado para todo aspirante a músico. Debido al apoyo de algunos amigos músicos pude aprender un par de acordes, pero eso no fue suficiente.
La teoría musical era muy aburrida para mí. Finalmente deje de intentarlo. Quizás no poseía ese talento especial o solo era falta de ambición por conseguir lo deseado. Además olvide mencionar algo muy importante, creo sufrir de pánico escénico. Pero aun no lo he comprobado porque no he estado frente a grandes multitudes.
Esto fue difícil de explicar para mí, pues vivo obsesionado con que todo quede perfecto. Tal vez ese sea el punto de partida de mi problema, tal vez a mitad del camino me doy cuenta, de forma inconsciente, que no voy a lograr aquella perfección anhelada, lo cual me motiva a abandonar distintos proyectos. Nunca termino lo que empie…
* Suena: Yesterday, Today, Tomorrow - Black Label Society
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